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Repercusiones III

12 May

Hubo varias críticas a la patética nota de La Verdad con la tapa de Videla. En esta oportunidad, reproducimos la carta de Alberto Ravara, quien acertadamente se pregunta por la responsilidad que les cabe a La Verdad por no haber actuado conforme a su deber periodístico…

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Este hombre (Bello) con responsabilidades en La Verdad asombraría al mas pintado, si no conocieramos lo caraduras que pueden ser algunos perros falderos de la Oligarquía.

Lamento no estar en Argentina para ayudar modestamente en esa lucha que Uds. siguen dando. 

Veo a simple vista que hay que preguntarle : ¿Quienes fueron con nombre y apellido los militares que tomaron “La Verdad” y LT20 durante dos años?. 2) ¿Había personal civil ? 3) ¿Quienes fueron (nombre y apellido) los empleados de los medios que colaboraron con los esbirros de la dictadura fascista?. 4) ¿Quienes de La Verdad y LT20 “padecieron” el síndrome de Estocolmo mas marcadamente? 5) ¿Porque esperaron 34 años para hacer pública esta situación? 6) ¿ Sabe este periodista que no informar veraz y oportunamente es un acto repudiado por el código de ética y honor en los gremios periodísticos del mundo y un delito sancionado por la ley en muchos paises de los llamados civilizados? 

Ese periódico y esa radio con su “silencio” o su discurso “esclavizado” oculto la verdad, la tergiversó y perjudico moral y materialmente a la sociedad y a muchas personas en particular, entre las que me incluyo. El miedo no es justificación de mala praxis. La responsabilidad social y política cuando depende de ella la vida de las personas debe ser asumida por los profesionales. De no ser así, al difamar se transforma en delito penal y en perjuicio para la comunidad que espera ser usuaria de medios responsables.

Las preguntas que le hago al comienzo al periodista, de responderlas, servirían 1) Como evidencia y material de investigación en tribunales en los distintos casos. 2) El periodista estaría dando una señal de sinceridad a la sociedad y a los perjudicados, al tiempo que le haría bien a su conciencia y honor, que hoy lo vemos comprometido. De hacerlo, las nuevas generaciones y sus propios hijos tendrían un buen ejemplo para reconstruir sociedad.

Alberto Ravara
Director General
IIAVE

Repercusiones II (La Verdad asesina)

11 May

Buscando encontré esta carta escrita por Dorys Aranda Palavecino y José Bruzzone. Se pide que el Director de La Verdad realmente reconozca la colaboración con la Dictadura pida “perdón que es, en definitiva, lo que están reclamando desde cada vez más vastos sectores del pueblo argentino”. Veremos si piden perdón…al menos, ya se declararon culpables de colaborar con la Dictadura Genocida.

Sr. Director
del Diario La Verdad de Junín:

Su editorial del pasado 30 de Abril se autocalifica como una “tapa histórica” mediante la que se pretende fijar la posición del diario respecto al rol de los medios de comunicación durante la última dictadura. Por diversos motivos consideramos que el calificativo es acertado, aunque es necesario que previamente señalemos algunos puntos esenciales con los que estamos en desacuerdo.

Comienza Ud. su nota denunciando la “persecución a gran escala” de la que supuestamente hoy son objeto los periodistas. Da por sentado luego, suspicaz, que eso no sería posible sin un “guiño generoso por parte del gobierno nacional”. Nos sobran los argumentos para demostrar que tal estado de cosas no existe y que más bien se trata de un nuevo capítulo en la campaña de desprestigio hacia dicho gobierno. Pero creemos que nos expresan muchísimo mejor las líneas que bajo el título “Ataques a la prensa” publica su propio diario en la revista semanal del 18 de Abril, señalando que lo que se sindica como ataques son en realidad críticas, pero que es ese intercambio semántico lo que les permite victimizarse para eludir el debate en torno del rol de la prensa en una sociedad plural y compleja.

Continúa Ud. diciendo que “se intenta crear en la sociedad un clima anti periodístico” y que “se ataca a las personas pero se persigue a la profesión”. No aporta al respecto un solo hecho que lo pruebe y eso por la sencilla razón de que no existen. El mismo artículo antes citado nos dice que “al publicar que es la prensa la que está siendo atacada, esos diarios escamotean su identidad y solapan sus propios intereses bajo rótulos institucionales”. Es así que poniendo a todos los periodistas como los agredidos logran un escudo que mejor legitima sus posiciones, como una línea de peones puestas en la defensa de las piezas grandes (en el caso de La Verdad se trataría de alfiles pues en el ajedrez el alfil representa al obispo).

También se denuncia en su tapa las intimidaciones que sufre el periodismo mediante actos como el Juicio ético a los periodistas que colaboraron con la dictadura, una de cuyas promotoras fue Hebe de Bonafini. Resulta fastidioso (por obvio) tener que responder que no se trata de intimidación alguna, que tal tribunal es puramente simbólico, y que es una de las formas que encuentran aquellos que se sienten agraviados por la conducta seguida por los grandes medios de comunicación en los últimos tiempos. Ud. advierte sobre la violencia pero ¿Cómo cree que nos sentimos nosotros al leer que se refiere a intelectuales a los que uno admira en términos como “escribas a sueldo dispuestos a rifar el país por monedas”? ¿No cree que esa violencia verbal puede generar luego respuestas violentas? El “linchamiento” simbólico del que se acusó a Bonafini es algo que se ejerce todos los día desde las tapas de los grandes diarios sin que merezca una sola consideración de parte suya.

Finalmente, nos permitimos señalar la incongruencia que significa reclamar la vigencia irrestricta de la libertad de expresión al mismo tiempo que se pide al gobierno nacional que silencie a quienes critican a los medios opositores. Esto demuestra de qué se está hablando en realidad cuando se habla de libertad de expresión: se rata de la de Uds. y no de la de todos.

Pero aún en desacuerdo con todo lo antedicho coincidimos en que su editorial se trata de una tapa histórica. Al relatar la forma en que los militares condicionaron el trabajo del Diario La Verdad y de Radio Junín Ud. introduce algunas reflexiones muy valiosas sobre el análisis de las conductas del periodismo en esos años. Su intención (“no queremos contar lo que pasó para demostrar la inocencia del diario… o decir que callamos porque nos obligaron a punta de fusil”), es periodísticamente loable; pero el resultado se queda a mitad de camino. Todo lo que sigue a la proclamada intención es el reconocimiento de que lo que hicieron estuvo mal, pero que no les quedó otra, dadas las circunstancias. Lo histórico de esta tapa, a nuestro entender, está dado porque por primera vez desde un editorial se reconoce que hay un pasado éticamente cuestionable y esto, aún cuando se lo autojustifique, puede ser (debería ser) el inicio de un camino que termine con una abierta autocrítica y el correspondiente pedido de perdón que es, en definitiva, lo que están reclamando desde cada vez más vastos sectores del pueblo argentino.

Dorys Aranda Palavecino ————– José Bruzzone

Barone también critica a La Verdad

10 May

Orlando Barone visitó la ciudad de Vedia y no dejó pasar la oportunidad de referirse en duros terminos a la nota de La Verdad y su vergonzosa tapa…

El semanario La Nueva Voz de Vedia (http://semanariolanuevavozvedia.blogspot.com/) dio cuenta de la situación de la siguiente manera:

DIARIO LA VERDAD

En relación a la tapa del diario La Verdad, de Junín, correspondiente al viernes ultimo, como así también sobre la editorial que firma el director, Omar Bello, Osvaldo Barone dijo que lo llenaba de “estupor”, “es impresionante”, (sic) “es un cuasi delito porque es como una apología de algo que juzgó la sociedad, la Corte Suprema; ¡es impresionante!… y a mi me pone contento esta libertad que hay. Es fantástico. Es fantástica la libertad que hay. Por eso es que sorprende aquellos que dicen que no hay libertad. Fíjense en el texto (de la editorial) que no tuve tiempo de leerlo todo, hay una frase que pinta una parte de esa oposición mediática y en la que estoy involucrado yo, de algún modo. Dice el texto: ‘el ejército de periodistas (nótese que usa la palabra ejército) que defienden a toda costa los habitantes de la Casa Rosada lo que encuentra es muchísimo peor, escribas a sueldo dispuestos a rifar el país por monedas, y muy agresivos por cierto’. Después, el periodista se pone a desentrañar como contrarrestar ese poder dictatorial del Estado, totalitario… es curioso con la ilustración de la foto de Videla. Es una desproporción moral. ¿Cómo la sociedad absuelve esto? Porque una cosa es la libertad… yo diría la libertad de hasta poner una foto de Cristina con una cola de caballo y decirle ‘la yegua’. Fíjense que gobierno o qué situación del Estado que hoy no hay más ‘delito de desacato’, de ‘injuria’, de ‘infundio’. Qué quiere decir: que si yo en estos momentos que el intendente de esta localidad con el que estuve almorzando, es no se qué, y digo un insulto, o digo que es un corrupto, o que es un delincuente, no existe ninguna forma en que él me pueda hacer un juicio. Fíjense qué libertad que hay. ¿Por qué dicen que no hay libertad? No entiendo. ¿Y por qué la sociedad, en conjunto, no se da cuenta de esto?”.-

Patético: Diario de la Iglesia admitió haber colaborado con la Dictadura

8 May

Tapa La Verdad, 30 de abril

Si, esa tapa es real, no es photoshop. Luego de hacer esa “invitación” a leer el diario, La Verdad de Junín, del arzobispado Luján Mercedes, asintió “no haber sido patriótico” ni un “ejemplo” durante la dictadura y haber consentido escribir lo que decían los militares. En resumen, que el diario colaboró con la Dictadura.

Pero eso no es todo: comparó al actual gobierno con la dictadura (¿!), dijo que los “escraches” a los periodistas eran similares a la presión que ejercían los militares sobre los periodistas y que los periodistas ahora son “objeto de una persecución a gran escala.”

Ahora bien, un par de cuestiones:

– Como dije antes, el diario La Verdad es propiedad de la Iglesia. Fue siempre un diario conservador y apoyó abiertamente todos los golpes de Estado, incluyendo el de 1976. Fue claramente colaboracionista. Durante la época de la dictadura, manejaba el diario Canceliere, que escribió numerosas editoriales defendiendo a los militares. Los editoriales están publicados en  el libro “El Orden de las Tumbas”, de Héctor Pellizzi.

– Más aún, este diario patético continúa empleando a Ricardo Trigo, que fue buchón de los militares del Batallón 601 (comunicado del MAS, http://www.mas.org.ar/periodicos_2010/per_171_al_180/per_174/100415_per_174.pdf).

–  Esta admisión es patética porque no piden perdón y hacen de cuenta que no pasó nada…Dicen básicamente: “había mucha presión, por eso escribíamos lo que nos decían”… ¿Eso es aceptable? ¿Para eso son periodistas? ¿Es acaso un periodista aquel que se deja intimidar por los militares y escribe lo que le dicen? ¿O no es más que un cobarde que no lucha por lo que cree?

– Más aún, ¿puede seguir existiendo un diario cobarde y colaboracionista? ¿Por qué sigue apareciendo un diario como La Verdad que, cuando hubo que luchar por la libertad, miró para el costado y fue amigo de los genocidas?

¿Por qué la Iglesia sigue “bancando” a un diario que colaboró con la dictadura? Una vez más grito: ¡Basta de Iglesia cómplice!

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A continuación, la nota completa del viernes 30/4/10…la bajaron de Internet los muy cagones:

Los dueños de LA VERDAD

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Ningún monopolio tiene el poder del estado. Es cierto que Clarín y los grandes grupos económicos se mueven de acuerdo a sus intereses (es algo que no se puede negar). Sin embargo, la capacidad destructiva de un gobierno no tiene ni punto de comparación. También constructiva, claro. Pero cuando el poderío estatal apunta sus cañones contra un sector determinado, las consecuencias son devastadoras y terminales. Por primera vez desde la recuperación de la democracia, los periodistas son objeto de una persecución a gran escala. Si bien es cierto que el gremio la pasó mal durante los noventa, se trataba de peleas “cuerpo a cuerpo”; guerras privadas que quedaban fuera de la mirada pública. La excepción que confirma la regla es el asesinato de Cabezas, obvio. Pero por lo demás, nadie inició una “Guerra Santa” contra buena parte del sector. Hoy por hoy, lo asombroso es que se intenta crear en la sociedad un clima antiperiodístico. Se ataca a las personas pero se persigue a la profesión. Y semejante objetivo no podría lograrse sin, al menos, un guiño generoso por parte del gobierno nacional. De hecho, el canal oficial y los medios que el estado sustenta con publicidad, son propulsores activos de esta campaña. Dado que ya no hay Santos en la tierra, es probable que algunos de los periodistas que aparecen en esos panfletos con billetes que les cubren la boca, merezcan algún tipo de reprimenda (no esa, decididamente). Claro que si uno mira lo que hay “del otro lado”; es decir, el ejército de periodistas que defiende a toda costa a los habitantes de la Casa Rosada, lo que encuentra es muchísimo peor; escribas a sueldo dispuestos a rifar el país por monedas. Muy agresivos por cierto. Ahora bien, ¿qué hacer? Por un lado, ponerse en víctima resulta vergonzante. ¿Cómo lo tomará el lector? Por otro, tampoco es cuestión de obviar lo que está pasando. Para quienes tienen menos de cuarenta, que Hebe de Bonafini juzgue a periodistas en una plaza pública puede resultar interesante, incluso anecdótico; nota de color sin mayores consecuencias. Quienes superamos esa edad no podemos más que preocuparnos viendo que desde el Gobierno no se escucha ninguna voz en contra y que inclusive algunas justifican esa clase de intimidación. El “linchamiento” podría estar más cerca de lo que pensamos. Jugar con fuego tiene sus riesgos.

El periodismo de los setenta

Frente a esto, decidimos fijar posición haciendo una tapa histórica. ¿Qué pasó realmente durante la dictadura? ¿Cómo era hacer periodismo en plena década del setenta? Aunque hace años que vivimos inmersos en el pasado, la mayoría de los medios del país tratan de ocultar lo que ocurrió en aquella época. Lo hacen por interés, temor o vergüenza. Temen que se los acuse de “colaboracionistas” y esconden la historia “chica” en esa otra historia “grande” de la que se habla todos los días. Demasiado, si me permiten una opinión personal. Aclaro algo: la de LA VERDAD (como ocurrió en casi todo el periodismo argentino) no es un cuento de héroes ni patriotas que lucharon denodadamente por la libertad de expresión (de ser así, probablemente, estarían muertos). De hecho, si dependiéramos de los héroes para que nos cuenten la verdad, muy poco se sabría de lo que pasa en el país. Lo que abunda (y lo que debe abundar) es gente común que trabaje en condiciones normales. Nada más. Tampoco queremos contar lo que pasó para demostrar la inocencia del diario (de alguna manera todos tuvieron algún grado de culpa) o decir que callamos porque nos obligaron a punta de fusil. No fue así. La realidad es infinitamente más compleja y confusa que eso. Sólo buscamos narrar, con sinceridad, qué pasó en esos tiempos revueltos que aún no logramos superar. Quizá no cambie el mundo, pero mostrar lo que otros se empeñan en negar puede ayudar. En una de esas, si los jóvenes conocen la verdad, evitan repetir la historia. Porque en ese sentido van los tribunales populares y el ataque al periodismo que algunos minimizan. Si bien parecen diseñados para cerrar una etapa, pueden terminar abriéndola de nuevo. Sé que muchos van a decir que no somos ejemplo de nada. Lo único que tenemos para decir en ese caso es que es verdad. La sociedad no está llena de ejemplos, sólo de personas que, con errores y defectos, hacen lo mejor que pueden. Si miramos bien al mundo que nos rodea, con eso basta y sobra. Pongan a gente común a trabajar en condiciones normales y lo demás vendrá solo; manía argentina de confiar en los superhéroes, que según se ve no nos conduce a ningún lado. Nos sobran monumentos y nos falta una vida cotidiana siquiera aceptable.

Diario tomado

Marzo del 76: Como ocurrió con la mayoría de los medios aunque lo nieguen o escondan por efecto de la vergüenza, un pelotón del Ejército, armado hasta los dientes y con cara de pocos amigos, tomó el diario y la radio, por entonces la única en Junín. Claro que lo importante no es eso, sino cuánto tiempo se quedaron. Porque un par de días los soporta cualquiera, más de eso ya es convivencia ¿Se animan a adivinar? Nada más y nada menos que la friolera de dos años. Es decir, no se trató de una visita temporal hasta que se calmaran las aguas del golpe, sino de una verdadera “toma” de las instalaciones. Los militares convivían con los periodistas y, en el caso de la radio, directamente se quedaban a dormir. Había un control directo de lo que se decía o escribía y la presión de convivir durante tanto tiempo con gente armada y militarizada, caló hondo en la cabeza y el corazón de todos los integrantes del diario y de la radio. Por más de 24 meses LA VERDAD estuvo en poder de la dictadura militar. No escribían ni hablaban con sus propias manos o bocas: sólo miraban y con eso bastaba. Quizá si hubieran dictado directamente los textos hubiese sido mejor. La mirada intimidante que controla daña más y confunde todo. Después, lentamente, los controles se fueron relajando o al menos eso parecía. Igual que en los secuestros, es probable que operara el Síndrome de Estocolmo. ¿Se imaginan el impacto de trabajar así? ¿Sobrevivirá un mínimo de objetividad? Difícil. Los jóvenes no pueden darse una idea de lo que significa ese “medioambiente laboral”.

No se trata de una metáfora

Cuando se dice que no había libertad es en serio, no se trata de una metáfora. Y pasó hace apenas treinta años, no hace trescientos. A las dificultades de esos tiempos en los que algunos sabían bien lo que pasaba (aunque no tenemos pruebas concretas siempre se sospechó de nombres que trabajaron en ambas empresas) y otros ni siquiera lo imaginaban, se sumaba el desquicio de trabajar “adentro” de una milicia organizada y con objetivos claros.

Los pocos sobrevivientes de esos tiempos lo cuentan con una mezcla de vergüenza, incomodidad y temor a ser señalados con el dedo. Porque hoy, después de tres décadas, todos somos héroes que juzgamos a los que les tocó esa época, pero había que estar ahí.

“Los milicos iban y venían. Nunca te saltaban encima. Si pasaba algo te venían a buscar después, en grupo”. Dos hechos concretos desnudan la intrincada cotidianeidad de entonces. Primero: Por tratarse de una ciudad relativamente chica en los setenta, la información corría más rápido que en otros lados. Las razones podían permanecer ocultas, los hechos concretos, no. Uno de los informativistas de la radio (leían las últimas noticias) se enteró de un operativo en una casa particular en la que se sospechaba se ocultaba un “guerrillero”. Sin dudarlo, dio la noticia al aire con la urgencia del periodista que tiene la primicia. Una hora después vinieron a buscarlo (era el conductor de un programa de automovilismo de la misma emisora que en ese momento estaba en su rol de policía), lo llevaron a cuartel militar y lo interrogaron sin torturarlo (al menos físicamente). “Usted sabe que lo que hizo atenta contra los intereses y la seguridad de la Nación”, le dijo un coronel mirándolo fijamente. El informativista, que por ese entonces no tenía más de dieciocho años, contesto “no”, temblando de miedo (no tenía ni idea de que lo que había hecho era algo “peligroso”). El coronel empuñó la lapicera como si fuera un cuchillo, se le acercó y en tono amenazante le dijo: “¿Sabe qué es esto? Esto es un arma. Y yo lo podría matar ahora mismo”; imposible imaginar mejor metáfora de lo que la prensa significaba para el gobierno militar.

El “Capitán Luna” era un canillita

Segundo: El “Capitán Luna” (apodo de “guerra”) era un canillita muy querido en la zona. Dado que se escapó durante un interrogatorio en el que lo estaban torturando, el Ejército mandó al diario un comunicado (como lo hacía siempre y con la obligación ineludible de publicarlo textualmente) donde alertaba a la población sobre su peligrosidad del prófugo y, como siempre ocurría, la instaba a dar información sobre su paradero.

El jefe de redacción de entonces, ya fallecido, quien conocía al perseguido capitán, le añadió al comunicado militar un texto que le costó carísimo (fue detenido). El agregado decía así: “Causó sorpresa en la comunidad la detención del Capitán Luna, muchacho vivaracho e inquieto y buen padre de familia…” Puede parecer un acto revolucionario pero no lo era; simplemente se trataba de un gesto afectivo e inocente de alguien que, en el contexto de esos tiempos irracionales, se convirtió en una bomba de tiempo por nada. Tales “complicaciones” se presentaban a diario y hasta dejaron de molestar. Al día siguiente un grupo de militares se llevó al jefe de redacción ante la mirada del resto de los periodistas, quienes pensaron que no volvería a verlo jamás.

En la mira

Entre los militares que, fusil en mano, custodiaban el interior del diario y sus compañeros que directamente dormían en la radio, LA VERDAD se convirtió en algo así como un “Gran Hermano” militarizado en el que cada movimiento era observado y comunicado a un superior. No era que venían cada tanto o reaccionaban frente a la publicación de una noticia en particular, directamente vivían en el diario. Con casi cien años de historia, LA VERDAD pasó por muchas dictaduras. Sin embargo, sólo en esta se produjo un copamiento total y prolongado en el tiempo.

Justicia, instituciones que funcionen; lo último que necesitamos son tribunales populares o escraches.

Muchos de los que vivieron esa época ni fueron masacrados ni padecieron torturas; simplemente se transformaron en esclavos de un Estado que usó todo su poder.

Lo que queda claro es que no son victimarios. Como dijimos más arriba, ni son héroes dignos de imitar ni merecen un monumento. Igual que vos, que yo y que casi todas las personas que conocemos; gente común que no resistió aquel poder tremendo.

Hoy el Gobierno debería llamar a la mesura y gritar “basta”. Es mucho lo que está en juego y muy bajo lo que se puede caer. Ya pasó. Puede volver a pasar. Porque con o sin fusil, se puede llegar a sentir que se escribe con los ojos del todopoderoso gobierno pegados en la nuca.